Un tarro de cerveza

Un tarro de cerveza

Me encontraba limpiando la barra del establecimiento, cuando un hombre hizo sonar la campanilla que se encuentra arriba de la puerta del local y que sirve para avisarme en el momento exacto en el que ingresan nuevos clientes.

La apariencia del hombre que ingresó era un tanto extraña. Vestía un uniforme de militar sucio y viejo. Tenía la barba blanca y su cabello blanco le llegaba hasta los hombros. Cojeando se acercó a mí y me dijo:

– Disculpe, le quería preguntar que si puedo guarecerme en este sitio hasta que acabe de llover. La tormenta está muy fuerte y ya las piernas no me responden como antes.

– Desde luego que sí. ¿Le apetece algo de cenar? Le pregunté.

– Se lo agradezco mucho muchacho. Replicó el viejo.

– Algo que no me va a despreciar es un buen tarro de cerveza. Le dije.

– Nuevamente agradezco su oferta, pero no tendría dinero para pagarle.

– Yo no le estoy pidiendo dinero. Sólo quiero hacerlo porque usted me recuerda a mi abuelo.

– ¡Ya sé cómo puedo pagarte! Te voy a contar una leyenda a manera de cuento que me ocurrió en mi juventud.

La patrulla con la que yo participaba, se encontraba en una zona despoblada de Vietnam. Éramos sólo un grupo de muchachos inexpertos que nos habían mandado a la guerra supuestamente para defender la “libertad”. Sin embargo, al momento de preguntarles a que se referían, ningún oficial con los que me entrevisté supo darme una respuesta satisfactoria.

Pero ya me estoy desviando de lo que te iba a decir. Resulta que en esos campos verdes y frondosos, por las noches se oían sonidos extraños. Muy parecidos a los susurros del viento en un día como este.

Observando detenidamente el paisaje, nos demos cuenta de que aquellos lares estaban invadidos de zombies. Yo mismo maté a un sin número de ellos utilizando solamente mi bayoneta.

Los recuerdos de esos terroríficos combates, me persiguen desde aquellos tiempos. He tomado algunas sesiones de terapia, ya que los médicos me dicen que trate de externar esos relatos a manera de leyendas o cuentos.

– Pues me gustó su historia. Puedes venir cuando quiera al contarme más. Le expresé cálidamente. No obstante, cuando lo busqué con la mirada, noté que se había esfumado.

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