Todas las entradas de: Faby

Leyenda mexicana de la pieza de pan

Leyenda mexicana de la pieza de pan

Hace unos pocos días me contaron una leyenda mexicana de un hombre que se aparece por las noches pidiendo una pieza de pan. Ese individuo tocó a la puerta de una mujer llamada Leonor y cuando ésta fue a atender el llamado, lo único que el sujeto le dijo fue lo siguiente:

– Buenas noches señora, me podría regalar una pieza de pan. Hace muchos días que no pruebo bocado y tengo hambre.

El hombre vestía ropajes desgarrados y además parecía que no había dormido en varias noches. Leonor con el temor de que se tratara de algún pillo, le pidió que esperara afuera de su casa y cerró la reja con llave. Luego fue hasta la cocina y cogió de la panera un par de bolillos, los metió en una bolsa de papel y fue de nuevo hacia la puerta.

Inexplicablemente el hombre ya no estaba. Al día siguiente, a la misma hora llamaron a su puerta. Esta vez Leonor dio un salto al escuchar los golpes en el portón de su casa. Pese a eso, fue a ver quién era y cuál sería su sorpresa al encontrarse con el mismo hombre de la noche anterior quien de nuevo le solicitaba una pieza de pan.

La mujer tomó la bolsa del pan y se dirigió a la entrada. Más cuando llegó el sujeto se había esfumado. La misma situación se repitió al día siguiente (esto sucede a menudo en las leyendas mexicanas), sólo que en esta ocasión Leonor se hallaba completamente enfadada.

Sin miramientos abrió la puerta y vociferando expresó:

– No me diga señor que otra vez viene a pedirme una pieza de pan. Es el tercer día que me dice lo mismo y lo cierto es que ya estoy cansada de esto. Por favor váyase y no vuelva más.

El sujeto sacó de su pantalón un puñal oxidado y procedió a clavarlo en el techo de la mujer. Afortunadamente Leonor se encomendó a uno de sus santos predilectos y aquel hombre se desvaneció en la bruma de la noche.

Después la mujer se enteró que aquel era el fantasma de don Porfirio, un hombre a quienes unos captores le habían condenado a morir de inanición.

Un tarro de cerveza

Un tarro de cerveza

Me encontraba limpiando la barra del establecimiento, cuando un hombre hizo sonar la campanilla que se encuentra arriba de la puerta del local y que sirve para avisarme en el momento exacto en el que ingresan nuevos clientes.

La apariencia del hombre que ingresó era un tanto extraña. Vestía un uniforme de militar sucio y viejo. Tenía la barba blanca y su cabello blanco le llegaba hasta los hombros. Cojeando se acercó a mí y me dijo:

– Disculpe, le quería preguntar que si puedo guarecerme en este sitio hasta que acabe de llover. La tormenta está muy fuerte y ya las piernas no me responden como antes.

– Desde luego que sí. ¿Le apetece algo de cenar? Le pregunté.

– Se lo agradezco mucho muchacho. Replicó el viejo.

– Algo que no me va a despreciar es un buen tarro de cerveza. Le dije.

– Nuevamente agradezco su oferta, pero no tendría dinero para pagarle.

– Yo no le estoy pidiendo dinero. Sólo quiero hacerlo porque usted me recuerda a mi abuelo.

– ¡Ya sé cómo puedo pagarte! Te voy a contar una leyenda a manera de cuento que me ocurrió en mi juventud.

La patrulla con la que yo participaba, se encontraba en una zona despoblada de Vietnam. Éramos sólo un grupo de muchachos inexpertos que nos habían mandado a la guerra supuestamente para defender la “libertad”. Sin embargo, al momento de preguntarles a que se referían, ningún oficial con los que me entrevisté supo darme una respuesta satisfactoria.

Pero ya me estoy desviando de lo que te iba a decir. Resulta que en esos campos verdes y frondosos, por las noches se oían sonidos extraños. Muy parecidos a los susurros del viento en un día como este.

Observando detenidamente el paisaje, nos demos cuenta de que aquellos lares estaban invadidos de zombies. Yo mismo maté a un sin número de ellos utilizando solamente mi bayoneta.

Los recuerdos de esos terroríficos combates, me persiguen desde aquellos tiempos. He tomado algunas sesiones de terapia, ya que los médicos me dicen que trate de externar esos relatos a manera de leyendas o cuentos.

– Pues me gustó su historia. Puedes venir cuando quiera al contarme más. Le expresé cálidamente. No obstante, cuando lo busqué con la mirada, noté que se había esfumado.